28 de febrero de 2011

.:.Cavite creuse.:.

Todas las memorias se agrupan convergentes, la levedad alcanza cosas imposibles y la nostalgia adorna el alma de recuerdos antes de que existan. Mis ojos van llamando ausencias con su voz de miel sobre acantilados enigmáticos, proas imaginarias y hasta perjuicios perpetuos.

Cautivo, siendo ella, luego de belleza, un dolor. Algo tan precioso que al irse deja algo más que vacíos. Deja a la nada misma adornada al costo de cualquier postor. Una mujer que en mí derrama el tiempo, en esa herida ronca que al callar supura. Porta esa inaccesible pulsación de sombra, ese tibio rostro teñido en miedo. Dejame clarificar algún sentido, para robar palabras que sólo escucha el aire; que mi piel descanse sobre tu piel de cada uno de sus cansancios. Ser música y no tiempo, ser sangre y no libertad: dejame tu voz y algún optimismo.

Soledad nómada pero insaciable, recordá que la maravillosa conquista sin ella no tendría sosiego. Por eso te guardas tantas vidas en tus huellas digitales, por eso las cultivas en la memoria hasta olvidarlas.

En aquella tarde, tocaba un largo al revés. El sol se moría agotado del día y con el viento ajustándose a su cuerpo, ella contemplaba aquella escena, sabiendo que nada ha de cambiar, y fundía aquel dolor en algunas botellas, guardando todo sobre la mente: aquello es más relativo, más cautivo, más sordo, como en un sueño olvidado o el recuerdo de un recuerdo, completamente disfrazado.

De pronto el hondo silencio. Ansia de un pecado desgastado, tenía su respiración de frente, en aquel preciso momento: ni más tarde, ni más lejos. En plena oscuridad, por noche ajena, heridamente ausente decidieron no pensar lo suficiente, en esa pregunta sin respuesta, esa vida que llenamos de proyectos, ese tiempo que gastamos en sonreírle a otros, cual rota percepción de viva imagen.

Mientras él confirmaba que si ese gesto perdurara lo suficientemente cerca de su rostro, ni la robusta roca de aristas vivas lograrían herirlo jamás, al contrario, iría pulverizando milímetro a milímetro al duro mineral, ya que tan sólo algún gesto lejano y cadencioso lo devuelve a la vida, nos empuja hacia el sitio que no solemos apreciar.

Volver atrás sería una renuncia y tal como él lo veía eso sería morir un poco. Y, a su vez, querer afrontar su presencia tal vez también sería un óbito premeditado. Si tan sólo pudiera con sus ojos... Y escuchó tantas veces la misma canción que ya hablaba de aquella mujer visiblemente amplificada por algunas estelas de aquella maleza innata a su parecer.

Ella le pedía: - Respirá hondo, oxigená algún sueño a esta plataforma hostil hasta este vértice que es la punta de flecha de un anhelo- .Él le respondía: - En mi risa, meterás el dolor que te produjo el paso impetuoso de la muerte y cerrarás los ojos, porque aún te quedan noches debajo de los párpados, rodando de tu boca sonoros y monótonos vocablos que predisponen igual que una coraza a los latidos.

La solidez del paso, esa que no te basta. Tu víscera morada, ignota espera la respuesta; ¿Y el amor lo olvidabas?

Una vida, una muerte cautivadora o liberadora pero ambas necesarias, reales, tangibles, altivamente expuestas: A cada instante alguna se produce, desdobladamente se desata el forcejeo del ser, siempre equívoco.

Y ella caminaba con luz, pero constantemente lejos.