¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué ya no recurro a las palabras como mi siempre fiel consuelo y desahogo? ¿Por qué me pesan tanto? ¿Por qué, en vez de sacarlas de mi corazón con delicadeza y esmero, estas caen de mis bolsillos haciendo demasiado ruido?
Ya no necesito arrancar destellos de mi alma para depositarlos en trozos de papel, me conformo con pensar en ellos todas las noches e inventar relatos e historias que, a la mañana siguiente, se perderán como si se hubiesen tratado de un simple sueño.
Será que ya no creo en la existencia de aquel cuaderno rojo, que tantas veces fue sede de los más inimaginables retazos de mis pensamientos y mi corazón. Ya no logro sumergirme en su irrealidad, porque al fin y al cabo, es solo eso: un cuaderno con demasiadas páginas por llenar.
Pero llega un momento en que esas palabras encarceladas claman por salir y ya nada ni nadie puede detenerlas. Estallan como fuegos artificiales, llenando la hoja de colores, sensaciones, sentimientos… Que conforman un párrafo, que a su vez conforma una historia, una parte de mi vida, una página más del cuaderno.
Todo aquello quedará ahí, por siempre plasmado en el papel para leerlo infinitas veces, o quizás solo una. O ninguna.
No importa, porque aunque en este momento las palabras sigan presas en mi corazón, otras siempre permanecerán ahí, apiladas en un cuaderno rojo. Y serán la prueba de que al menos una vez, la puerta de la cárcel de las palabras estuvo abierta.
