29 de septiembre de 2009

..."Malvenida" realidad...

Estaba de vuelta. Para regresar del paraíso solo debía tomar dos colectivos; una hora y media de viaje. Quien iba a decir que el, una noche de septiembre, escaparía de madrugada con la mujer pelilargo. Mujer que supo hacerse esperar, pero definitivamente valía la pena. Tantos llantos, miles de risas, noche de pensar; cada una de las cosas hechas, cada uno de los sentimientos contenidos, habían valido la pena. Ella era tan perfecta como él la idealizó. Tenía y hacía todo lo que él siempre había soñado. Y comenzó la tortuosa vuelta, y no porque el viaje fuese tedioso, sino porque los días que seguían seria lejos de ella. Lejos de su mujer perfecta, lejos de la persona que aquella madrugada terminó de robarle el corazón. Y así, casi sin querer, entre el llanto y la risa, comenzó a pensar en lo ocurrido la noche anterior. La poca yerba que había, permitió tomar medio termo, de ricos amargos. Eso acompañado por su dulce voz y los acordes que marcaba perfectamente en su guitarra, daban el comienzo de una noche que de seguro no iba a olvidar. Noche en la que le contó miles de historias. En sus canciones las había reflejado, y con anécdotas las terminaba de vislumbrar.Y ahora que recuerda, puede abstraerse de la escena. Puede ver la cara que ella ponía mientras él le regalaba su arte en lo más íntimo de la madrugada. Y si, definitivamente, esa noche en su cara, el niño había reflejado todo su amor y la admiración que sentía por ella. Sacudón al cruzar las vías, el vaivén del colectivo había dejado de hamacarlo dulcemente, para zamarrearlo como quien quiere despertar, de prepo, a una persona. Ya llegamos a la estación, ¿Cuánto faltará? Sus cálculos arrojaban como resultado una hora más de viaje. Esto se veía muy diferente de día. Cuanta vida había. Cuantos negocios. Cuanto movimiento. La noche anterior hubiera jurado que la localidad estaba desolada, que nadie vivía en ese barrio. Que era solo de ellos dos. Cerró sus ojos nuevamente, el cansancio la ganaba, era imposible mantenerlos abiertos. Sonrisas cómplices y varios bostezos, fueron la excusa perfecta para proponer la idea de irse a dormir. Y así fue, sin mucha resistencia, él la siguió hasta el cuarto que sería testigo de una noche de amor. Así, al menos, la sentiría él.Se acostaron y sin más vueltas él comenzó a besarla suavemente, como nadie lo había hecho. Eso le pasaba muy a menudo cuando la tenía en frente y vivía algo con ella. Su pasado ya no era tan importante, ya no era tan magnífico, ni tan insuperable. Es más… la mujer superaba, definitivamente, a su pasado. Volviendo a los besos, no había mucho que dudar, había química con él, su piel iba con la de ella, sus movimientos encajaban con los suyos. El frio del cuarto, la desnudez y su respiración agitada, daba el marco perfecto para tocar la locura con la punta de sus pies. Y así fue, y así enloqueció. Por más de una hora, la mantuvo mágicamente loca. Los pliegues de su piel eran los más hermosos que alguna vez pudo tocar y rozar. Era tan diferente a lo que parecía, tan perfecta como siempre soñó. Sus besos empapelaron cada pequeña porción de su blanca y diminuta espalda. Definitivamente sabia que hacer y cuando hacerlo. De forma maravillosa, esa noche, demostró que fuera de ser el presidente de su futuro centro. Y era de esas mujeres que sabían complacer a los hombres. Estaba maravillado. Era algo casi divino el contraste de sus pieles. Era algo perfecto ver su pelo, suelto, rozando su cuerpo. Como si sus cabellos se encargaran de acariciar, lo que con sus manos, en ese momento, no alcanzaba a rozar.Y así transcurrió la noche. Y así la luna fue la única testigo (al espiar por la ventana) de lo que el destino, o como quieran llamarlo, había preparado de manera exquisita esa noche… solo para que sea degustado por ellos. Y una vez terminado el banquete, en el que se devoraron y bebieron, el uno al otro, se durmieron. Durmió a su lado, en su cama, en su cuarto, en su casa. Estaba ahí, la veía dormir, se veía simplemente angelical. Aquella mujer que horas atrás la había hecho sudar por cada poro de su cuerpo, ahora descansaba como una niña, casi sin moverse, casi sin respirar, inmóvil. Hermosa. Rozaba su piel y no podía creer estar ahí, no podía creer que había tomado la decisión de escaparse con ella, de dejar que lo posea esa noche, ese jueves. No podía creer que, idiotamente, esa madrugada no solo había dejado sudor, risas, lágrimas y gemidos en su alcoba; si no que, entre todo eso y a cada minuto, había dejado su corazón. Esa noche había entregado su cuerpo, si…. Pero ante todo había entregado su alma. El amor dejó de ser una sustantivo abstracto, para pasar a ser propio. El amor ahora tenía nombre, y era el nombre de esa morocha, el nombre de esa mujer que dormía a su lado. Y él también se durmió, por así llamarlo. Dormía y despertaba a cada minuto sorprendida, no creyendo que estaba ahí. Los muebles y las paredes lo hacían caer en la cuenta que no estaba en su casa, que no estaba en su pieza. Que la noche había sido real. Tan Biónica. Algo había dicho de esa banda. Ahora lo recordaba, se había lamentado que no podría asistir al recital que se daría en un club de la localidad. Esto era espantoso, cada cosa que veía, cada calle que caminaba, cada publicidad… todo había perdido identidad; ahora todo se remitía y resumía en ella. La cosa comenzaba a complicarse. Toco timbre para bajarse en la intersección de las dos calles más reconocidas de la localidad de Moron. Las 3 cuadras que debió caminar hasta la parada del 02, fueron las más largas de su vida. Entre el cansancio, el frio, las ganas de llegar a su casa, y la gente y bocinazos, fue una pesadilla despertar de aquel sueño. La suerte la sorprendió deteniendo el colectivo, con el semáforo que marco el rojo, justo a su llegada. Se subió, saco boleto, y se acomodo en el lugar que la acogería hasta la llegada a su localidad. No lo abrazo, que horrible, no lo había abrazado. Ese fue el primer choque que tuvo con la cruel realidad. Estuvieron recostados, cerca, pero sin abrazos, sin caricias. Como si no hubiera un después juntos, luego de fundir sus cuerpos en uno. Y así era, no había un después juntos. Solo un ella y él, sin un nunca nosotros. Se puso sus lentes, el sol molestaba sus ojos marrones, ojos que reflejaban las horas de cansancio que se habían acumulado, a lo largo de tres días. Ojos que reflejaban la tristeza y la desolación que sentía ese viernes. Sentimiento que se extendería hasta vaya a saber cuándo. Los cerró, el ardor que sentía exigió que los cierre. La claridad al fin lo despertó, supongo que se sorprendió al encontrarla observándolo, cual niña enamorada. Diez y cuarto de la mañana marcaba el maldito reloj, las horas a su lado se pasaban de forma increíblemente rápida. Nunca le alcanzaba el tiempo, ya fuera quince minutos, ocho horas, o una noche entera. Entre chistes y risas se vistieron; él vistió su cuerpo, pero en su almohada dejo desnuda el alma. Como de recuerdo para la posteridad. Y así salieron, el día estaba hermoso, y el barrio increíblemente habitado. Caballerosamente la acompaño hasta la parada, hablando de los planes que había para este fin de semana que se aproximaba, los sorprendió la llegada del esperado (¿?) 148. Saludó, cariñosamente como quien saluda a un amigo de toda la vida, y subió a su colectivo. Y así ella se fue, y así él se quedo. Esta vez no hubo promesas, ni siquiera un mísero te llamo. Ella se marcho sin nada; y como rara vez, sin preteder nada. Y acá está él, cayendo en la realidad, escribiendo para ver si entiende algo de lo que pasó. Sorprendiéndose de lo estúpido que puede llegar a ser. Odiando y amándola, chocando con la realidad a cada segundo, chocando de tal manera que su nariz sangra de los knock-out que le da la vida.Y acá está esperando algo, sin exigir nada. Esperando algo de lo poco que le puede dar. Pero aun así sin recibirlo. Escribiendo para no olvidar; que lo que tuvo de hermoso esa noche, lo paga con la crueldad de muchos días sin ella. Pensando si en verdad es negocio canjear una noche a su lado, por semanas de sufrimiento.