Palabras que no departen. Letargo y café. Intensa opulencia en besos. Anestecia. Evidente centralismo. Show y anestecia. Labios insípidos. Superficies excentas que giran el alma en frascos.
Mi rostro pierde fuerza a bocanadas, el agua enmudece y calma. Las mismas palabras limadas y puestas en el lecho del río. La esperanza clavada. Mi paz es soberana, independiente del sonido, mezclada en olores, brillante si me atrevo a abrir los ojos. Nunca debería alejarme, pues la tristeza barrerá cualquier signo de soledad. No permito otra cosa; la insolencia me salvará del dolor, me cubrirá de mí mismo en una cueva con luces internas. Y viviré con lo que tenga, nada más. Hinflaré mi alma y veré a trasluz de la ventana, como se hablan estatuas, ya que lo que ves, no es como es por cómo lo miras, sino por cómo te está mirando a vos y no hay forma inocua de mirar sin destruir aunque sólo sea la capa superficial de lo observado.
Más que de la substancia de los sueños, estamos hechos de la materia del insomnio y el olvido, siendo la vida como hipótesis sin referente empírico: lo que buscas no existía antes de ser encontrado. Tu búsqueda lo inventó.
Pura eficacia, rasgo armónico, salvajemente enigmático, te contré: lo difícil no fué seguir la huella de tus palabras en los senderos del lenguaje, sino ir detrás del rastro casi inaudible de tus silencios; y cada vez que parpadeabas, se me eclipsaba la piel. Regresá y devolvéme la voz, las calles, la ciudad. A veces guardar silencio es hablar demasiado y no mirarte es una forma de ceguera voluntaria. Extrañarte es otra estación del año. La más larga. Y sos tan libre como mis hojas y eso rompe. La distancia no es nada comparada con tu hábito de no existír. Eso sí es olvido.
Estoy en la ternura de un adiós y el miedo. En la ternura de un escudo y lo que no seré si no lo dejas ser. En la ternura de una retina ida y dos vasos vacíos. Es irse en un sonido, que se nuble la vista, que los oídos me sirvan de rostro y las manos de opciones. ¿Acaso olvidás que sólo somos dos? Hay gente, mucha gente, pero seguimos siendo sólo dos, y tu preciosa sonrisa que termina en una risa que absorbo (y retomo cuando te vas).
¿Dónde irá el momento aquel en el que nos encontramos los dos? Aquel que nadie vió, sólo nuestros pasos, estando arriba del techo o debajo del suelo. Es una melodía, en alguna voz, al dormir, en el alba... Cuando es demasiado tarde o demasiado temprano y lo primero que diviso es tu rostro.
La rutina siempre es aparente. Se construye sobre polacas que se desplazan lentamente. Hay todo una tectónica de la costumbre. Y desfila sobre idiotas que vuelven a rock una marca. Lejos de fundamentos y amor libre, lo vuelven una moda, una etiqueta. Como a esas dos palabras tan fáciles de decir y el amor muere sobre todo eso, y el sexo se disfraza en él. Idiotas con moldes. Idiotas que bailan y hasta gritan y no sienten ni escuchan. Idiotas con control remoto. O idiotas como yo, escribiéndote palabras para que vos nunca las leas...
Ahora tal vez, y sólo tal vez, si te digo adiós, no sea tan difícil cuando vos te despidas y el aire se torne confuso, podré destrozar mi mente, vaciar envases, crear canciones, dibujar cuadros en el aire, dormir con ojos abiertos, fluír: ojos de vidrio, rostro todavía húmedo, manos que bailan y me acuesto sobre tu espalda.
Nunca serás universal, sólo creas tu universo en tu discruso directo, unilateral. Mi mirada en cada palabra, y el sonido que todo lo cubre. Haces lo que otros murmuran. Vivís y luego pensas, y a su vez, vivís pensando. Sabiéndolo acomodar, un abismo cabe en tu nombre. A veces te creo ilusoria, a veces tiemblo en tu nombre. No entendí tus labios, ¿En qué lenguaje besaron mi boca?
Tal vez el miedo me tiente a alejarme, pero me curará con los días. Y no te confundas, no es olvidarte, es recordarte de una forma menos dolorosa.
