Hay veces que me siento extraordinario, como una mecha a punto de estallar. Siento que tengo el sentido del universo en la palma de mi mano y lo que siempre quise escondido en tus labios. Me animo a todo sin pensar en las consecuencias y dejo que el corazón galope solito cuanto quiera. Los ojos brillantes, la sonrisa recién amanecida y ese constante presentimiento de que la felicidad esta allí, al alcance de mi mano.
Pero también hay veces en las que me siento insignificante, como una gota de agua en el océano. Tantas cosas que ocurren sin que yo pueda controlarlas me quitan el sueño por las noches, donde paso horas pensando en todo el tiempo que ha pasado y en que aún me quedan muchas cosas por hacer. ¿Dónde irán a parar todos esos momentos que dejé ir alguna vez? De esos que llegan y se van sin avisar y luego los contemplas desde lejos con nostalgia. Momentos que no volverán jamás, aunque tengas todo el dinero del mundo. Nadie ni nada puede comprar otro minuto. Aunque tal vez eso haga que los apreciemos todavía más (porque si te fijas, no hay muchas cosas que no puedan comprar el dinero).
Y hoy… bueno, hoy no es un buen día. Solo en el mundo, así me siento. Como si yo solo tuviera que luchar contra la corriente a cada momento y no hay nadie que venga y me eche una mano. Palabras, sólo palabras y nunca hechos. Son aquellas personas que te aseguran que siempre estarán junto a vos y entonces, cuando la corriente es muy fuerte, te abandonan en un lugar donde solo podes valerte por vos mismo. Creo que debo ir aprendiendo a (sobre)vivir solo. Y no quiero.
